«Reservas Empresariales: la transformación silenciosa del control tributario», artículo de Federico Martínez para Agenda Legal

La nueva obligación impuesta por la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios sobre reservas empresariales aparece en un momento de creciente presión sobre las cuentas públicas, menor dinamismo de los ingresos aduaneros y escaso margen político para impulsar aumentos de impuestos.

El cambio en la estrategia de la administración no pasa, de momento, por crear nuevos tributos sino por incrementar la capacidad de control del Estado sobre estructuras empresariales. En ese contexto, el compliance tributario deja de ser una cuestión meramente formal y pasa a convertirse en una herramienta de protección empresarial.

El modelo tributario paraguayo opera sobre una premisa atractiva: tasas bajas y base amplia. La lógica es correcta en teoría, pero exige que todas sus condiciones funcionen al mismo tiempo: que las tasas no ahuyenten la inversión, que la base de contribuyentes se amplíe de forma genuina y que el gasto público sea suficientemente eficiente como para justificar el esfuerzo fiscal. Cuando alguna falla, la recaudación no alcanza y genera una brecha que de alguna forma se debe cerrar.

Eso es exactamente lo que estamos viendo en Paraguay. Los números son elocuentes. Si bien el 2025 terminó con un crecimiento de la recaudación del 8,5%, en los primeros dos meses de 2026 se registró una caída del 1% interanual, explicada principalmente por la fuerte apreciación del guaraní frente al dólar, que redujo la base imponible de los impuestos aduaneros. Y en materia de presión tributaria, el año 2025 cerró en 11,2% del PIB, cuando la meta oficial de la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios (DNIT) es llegar al 12% en 2029 y el promedio latinoamericano ronda el 23%.

Estos números, bajados a tierra, significan una sola cosa: necesidad de caja para seguir cumpliendo con los compromisos.

Hay tres formas estructurales de aumentar el flujo de caja. La primera es aumentar impuestos, pero esto tiene un precio político que pocos gobiernos están dispuestos a asumir, menos aún cuando la calidad del gasto público sigue siendo objeto de cuestionamiento legítimo. La segunda es el endeudamiento, pero aunque es técnicamente posible, la deuda pública ya supera el 41% del PIB, con un crecimiento del 12,9% solo en el último año, y la Ley de Responsabilidad Fiscal acota el margen disponible. La tercera es la inflación, aunque por fortuna tiene el ancla del BCP, que ha demostrado tener independencia institucional para mantenerla bajo control.

Descartadas o limitadas esas vías, queda una cuarta, más silenciosa pero igualmente efectiva: endurecer los controles sobre quienes ya están dentro del sistema. Y esta parece ser la estrategia escogida por el momento.

Artículo completo publicado en Agenda Legal. Haz clic aquí para acceder. 

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